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La Revolución Americana

Luis Olivera
Instituto de Investigaciones Bibliográficas, UNAM

Europa se consolida durante el siglo XVIII como dominadora del mundo colonizado; la burguesía configura el fundamento de los Estados-Nación, en cuanto a su preponderancia sobre las monarquías ilustradas. Siglo de confrontación permanente entre los principales actores históricos, representados por Inglaterra y Francia, cuyos desarrollos colonialistas los llevó a enfrentarse en sus posesiones en la América del Norte, que derivó en la derrota del modelo colonial francés cediendo a los ingleses el predominio de su sentido colonial.

Derrota francesa que encontró en el colonialismo español un aliado en su deseo de venganza en contra de Inglaterra: monarquía orgullosa que desde el principio del siglo XVIII humilló a España en la llamada guerra de Sucesión durante su tránsito de la monarquía Austria a la borbónica, tanto en la geografía peninsular como en el debilitamiento de su política colonial.

Después del triunfo inglés sobre los franceses en Norteamérica, los colonos europeos dependientes del modelo inglés, empezarían a reclamar su lugar por su participación decisiva en la derrota de los franceses. Así, las trece colonias iniciarían un movimiento que las llevaría a plantear, de acuerdo con sus diferentes condiciones o naturaleza de asentamiento, el papel flexible y coherente que debería jugar la metrópoli inglesa de tratarlos como parte constitutiva de la ciudadanía inglesa.

Sin embargo, la actitud colonialista inglesa, lejos de aceptar la flexibilidad de trato para con sus colonos en América del Norte, radicalizaron su postura haciéndola sentir en el aspecto económico por medio de tasas aduanales y con el impuesto del timbre. Lo anterior dio paso a interpretaciones políticas, en cuanto los colonos se preguntaron si el gobierno inglés tenía derecho a percibir el mencionado impuesto.

Interrogante que agudizó las posiciones, tanto en los colonos, como entre éstos y la metrópoli. Todos los colonos decían no oponerse a la ley, en tanto que ésta debía ser aceptada por los ciudadanos o por sus representantes; los metropolitanos argumentaban que el Parlamento podía dar las leyes, pues éste representaba a todos los súbditos de la Corona.

Sea como fuese, lo cierto es que los colonos se decidieron a llevar una lucha de validez de sus argumentos, quienes desde 1776 hasta 1787 se enfrentaron con las armas en lo que se conoce como la primera independencia de una sociedad colonial en América, la cual culminó con la elaboración de su Constitución. Hay que decir que en la lucha por la independencia de los colonos contra Inglaterra, aquellos contaron con la ayuda de la derrotada Francia monárquica del siglo XVIII, así como también con la de la España gradualista, ambas sociedades con el sello borbónico y que pronto, primero Francia y después España, entrarían al proceso de las revoluciones burguesas.

La Nueva España en su lento andar para incrustarse al modelo hispánico borbónico, fue creando las bases de un súbdito novohispano, cuyo desarrollo interno delineaba perfiles de aceptación de un modernismo que le permitió hacer suyos algunos planteamientos que se presentaban con las ideas revolucionarias, adquiridas por medio de lecturas prohibidas y con el comportamiento afrancesado de la burocracia virreinal.

Debe advertirse que los súbditos peninsulares, además de conocer las noticias de independencia de Norteamérica y de la revolución en Francia, las conjugaron con la incompetencia de la familia borbónica hispánica, y empezaron a conformar el sentido de nación liberal en la Península sin desprenderse del desprecio a los americanos colonizados, quienes no debían pensar en una nación, ni propia ni española. Esta soberbia colonialista de los españoles, los llevó a creer que con la represión podrían detener a los criollos, sus propios hijos, en su capacidad de entender la independencia, y así mantener al infinito su modelo colonialista.

Los novohispanos tenían frente a sí las revoluciones francesa y norteamericana, de las cuales adoptaron el romanticismo de igualdad, libertad y fraternidad, y de que la soberanía residía en el pueblo; principio constitucional norteamericano que sería invocado como un valor inalienable en la lucha de independencia novohispana.

Principios libertarios en manos de criollos independentistas, cuya naturaleza gradualista les impidió apoyar a aquellos criollos, también independentistas pero que sí lucharon, muriendo los más en y con la idea de que la soberanía reside en el pueblo; legado éste de la independencia de la primera colonia europea en alcanzar su soberanía.

Sin embargo, también hay que apuntar que los novohispanos que decidieron ser mexicanos mediante su independencia, desde los inicios de la confrontación armada creyeron y apostaron a que el país de Norteamérica les ayudaría en el intento de desligarse de la metrópoli peninsular. Acercamiento fallido, ya que no se entendió de inmediato que los recién independizados norteamericanos habían logrado su independencia al aglutinar a los diferentes colonos en una Constitución, cuyo destino histórico sería el de imponer la subordinación a todas las sociedades colonizadas que quisieran independizarse, de ahí la inmediatez de su política anexionista.

Así, pronto los mexicanos ya independizados, en su lento y traumático desarrollo oligárquico, entendieron que los Estados-Nación tienen en primer lugar que defender su proyecto histórico, ya sea tradicionalista o modernista; la primera, conlleva la subordinación integracionista de tipo económico; la segunda, la búsqueda de relaciones respetuosas entre naciones iguales como aspiración legalista.

El mejor legado de la revolución de independencia de los norteamericanos para con los criollos mexicanos independentistas, fue y sigue siendo el de que toda sociedad colonizada puede alcanzar su independencia con el fundamento de que la soberanía de la nación reside en el pueblo, única fuente de poder y legitimación de los gobernantes. Lo anterior da claridad y certeza acerca de que el pueblo no son los gobernantes, sino que éstos son sus servidores públicos, que siempre deben tener la obligación de escuchar y obedecer al pueblo en su figura de sociedad.